Cada 10 de mayo, la Iglesia Católica celebra a San Damián de Molokai, misionero belga de la Congregación de los Sagrados Corazones, reconocido mundialmente como un héroe de la caridad pues hizo propio el sufrimiento de los enfermos de lepra que vivían en la isla de Molokai (archipiélago de Hawái, EE. UU.) a fines del siglo XIX. El Padre Damián se encargó de cuidarlos, hasta que, contagiado por la mortal enfermedad, entregó la vida por ellos.

San Damián es el patrono de los leprosos, los marginados por la sociedad, los enfermos de sida -de alguna manera, “la lepra” del siglo XX-, y del estado norteamericano de Hawái.

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Hasta hace un tiempo al Padre Damían se le conmemoraba el día 15 de abril, fecha establecida tras su beatificación. Después de ser canonizado en 2009, su memoria fue trasladada al 10 de mayo de cada año.

“Sobre el león y la víbora pisarás” (Sal 91, 12)

El Padre Damián, como también es conocido, tuvo otro nombre. Originariamente su nombre fue Jozef de Veuster, natural de Tremelo, Reino de Bélgica, donde nació el 3 de enero de 1840.

Jozef fue admitido en la vida religiosa como miembro de la ‘Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar’, más conocidos como los ‘Sagrados Corazones de Jesús y María’ (SS.CC).

Después de un periodo de preparación fue enviado como misionero al desaparecido Reino de Hawái (1810-1894). En marzo de 1864, arribó al puerto de la capital, Honolulu, y en esa ciudad fue ordenado sacerdote unas semanas después, el 24 de mayo de 1864. Inmediatamente pasó a apoyar a algunas parroquias de los alrededores, en días en los que el país se sumía en una crisis sanitaria de proporciones mayúsculas, que terminó completamente fuera de control.

Hawái, por su ubicación estratégica en el Pacífico, era punto obligado para el comercio marítimo, las expediciones y el intercambio cultural. Navegantes de Asia, Europa y Oceanía se mezclaban allí, lo que favoreció la proliferación de enfermedades de todo tipo, entre ellas la lepra -en ese entonces incurable-. Contraerla significaba, primero, aislamiento y marginación social; segundo, una condena a muerte que habría de cumplirse lentamente, con mucho dolor.

Es así que el rey Kamehameha IV de Hawai, temeroso de que la plaga acabase con toda la población, tomó la decisión de segregar a los leprosos del reino. Estos fueron trasladados a una colonia en el norte de la isla Molokai -isla contigua al sur este de Hawái, parte del mismo archipiélago-.

Desde Inglaterra llegarían las primeras ayudas de suministros y comida, luego sucedería lo mismo con otros cargamentos provenientes de otras partes de Europa. Lamentablemente, sin el apoyo médico indispensable.

“Otros te vestirán y te llevarán adonde no quieras ir” (Jn 21, 18)

Transcurría el año 1865 y el Padre Damián había sido destacado a la Misión Católica de Kohala, ubicada en la isla principal (Hawái). Entonces, su obispo, Mons. Louis Maigret, vicario apostólico, le solicita que asista espiritualmente a los leprosos. El sacerdote pide un tiempo para rezar y meditar su decisión -la misión implicaba el altísimo riesgo de contagiarse y morir-, pasado el cual acepta y se enrumba hacia su destino en Molokai.

“Ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo”, solía decir San Damián, consciente de las implicancias siempre posibles de ser sacerdote: se acepta la vocación para ser como Cristo, y no se aspira a nada menos.

“Dijo Jesús: ‘Soy la luz que brilla en las tinieblas’” (Jn 1, 5)

Molokai se había convertido en sinónimo de desesperanza y vacío. La isla empezó a hacerse conocida como “la colonia de la muerte”, y sus habitantes a sentirse como verdaderos muertos en vida. Mujeres, hombres, ancianos, niños, jóvenes; familias enteras estaban contagiados y parecía que nada más podía hacerse.

El Padre Damián, por su parte, se convirtió en testigo silencioso de todo tipo de expresiones de miseria moral: el desprecio de los sanos por los enfermos, los lamentos de los moribundos; los cadáveres abandonados aquí y allá -futuro alimento para las alimañas-; fosas llenas de cuerpos a medio enterrar; seres humanos abandonados a su suerte en el momento final de sus vidas. Y como si fuera poco, vio algo peor: a los que mueren con el corazón lleno de odio y resentimiento; lejos de Dios, de su ternura y misericordia.

Por eso, el santo misionero se propuso dar una respuesta contundente desde el Evangelio: Dios no sólo no abandona, sino que sufre con nosotros y nos eleva a las cumbres del gozo, así parezca todo perdido. Una brecha se abrió y dejó pasar una intensa luz: el Padre Damián viviría para sus enfermos, abriría corazones a la gracia, alcanzaría el perdón de Dios a los que se consideraban irredentos, y a muchos incrédulos los animó a recuperar el sentido de la vida, de cada día, de cada minuto.

Gracias a Dios, la ayuda espiritual del sacerdote fue transformando de a pocos a todos en Molokai. Como había que poner “manos a la obra”, organizó la construcción de la iglesia dedicada a Santa Filomena, un hospital, una enfermería, una escuela y hasta casas para los sin techo.

“Tu bondad y tu amor me acompañan y en tu casa, Señor, por siempre viviré” (Sal 23, 6)

El misionero trabajó a tiempo y a destiempo por años, hasta que en 1885 contrajo la lepra. Tenía 45 años. Las autoridades y muchos de sus hijos espirituales le pidieron que abandonase la isla, pero él no aceptó. Decidió morir allí, antes de que alguien siquiera pensara que Dios podría estarlo abandonando.

El santo llegaría a decir: "Hasta este momento me siento feliz y contento, y si me dieran a escoger la posibilidad de salir de aquí curado, respondería sin dudarlo: ‘Me quedo para toda la vida con mis leprosos’”.

Sin tratamiento alguno, Damián sabía que su muerte era inminente, aunque Dios le concedió vivir cuatro años más. Mientras las fuerzas le respondieron, siguió trabajando pastoralmente. Grande fue su consuelo, poco antes de morir, cuando vio llegar al nuevo sacerdote, el Padre Wendelin, acompañado de un grupo de religiosas franciscanas quienes llegaban a hacerse cargo de la enfermería y el hospital. Entre esas valientes mujeres estaba Santa Mariana Cope, servidora de los leprosos por 30 años. La Madre Mariana fue canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2012.

San Damián de Molokai partió a la Casa del Padre el 15 de abril de 1889 a los 49 años. 

“¡Logré yo hacer tu nombre memorable por todas las generaciones!” (Sal 45, 18)

Cuando se produjo la incorporación de Hawai a la Unión Americana (EE. UU) en 1959, los hawaianos decidieron que sea una estatua del misionero belga la que los represente en el Capitolio de Estados Unidos, como símbolo máximo de su historia.

Hoy, la vida del Padre Damián continúa haciendo resonar el nombre de Dios, una y otra vez, como eco inacabable, recordándonos a ese Jesús que no se aparta jamás y que llama al corazón humano, una y otra vez: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20).

San Damián de Molokai fue canonizado el 11 de octubre de 2009 por el Papa Benedicto XVI.

Si deseas saber más sobre la vida de San Damián de Molokai, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Damian_de_Molokai.