Cuando a los 18 años Fernando Gutiérrez decidió “encerrar su fe en un cajón” para, según creía, disfrutar y entregar su juventud a la fiesta y las drogas, jamás hubiera imaginado el plan que Dios tenía para él.
Recién llegado a Roma caminando desde España rumbo a Belén, con los pies agrietados y enfundados en sandalias de peregrino, el misionero español recorre con rostro cansado pero mirada brillante sus últimos años, reflejo de una vida ofrecida enteramente a la voluntad de Dios.
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Aquel vacío de su juventud fue desvaneciéndose al ser testigo “del Evangelio en carne viva” y de la misericordia infinita de Dios en los rostros de los más débiles durante sus años como periodista en Melilla para Popular TV, y su experiencia como corresponsal en la guerra de Gaza. Desde entonces, la Providencia fue tejiendo su camino y juntando las piezas de un puzzle aún sin acabar.


A pocos pasos del Vaticano Fernando recuerda en conversación con ACI Prensa la pregunta que se le repetía en la cabeza una y otra vez: “¿Qué me quiere decir Dios con todo esto?”. Fue entonces cuando decidió ir a Calcuta, en la India, a hacer un voluntariado con las Hermanas de la Caridad. “En mi corazón estaba la Madre Teresa desde que era pequeño. Siempre me llamó la atención su radicalidad”, destaca.

“Fue el año más feliz de mi vida”
“En cuanto pisé el suelo de Calcuta supe que me iba a quedar. Rompí a llorar al darme cuenta de que esa radicalidad y el servicio a los más pobres de los pobres era verdad. Dejé todo y me quedé en la India, algo en mi corazón me decía que no me separara de las hermanas. Fue el año más feliz de mi vida”, cuenta tras esbozar una sonrisa.
Y fue allí, entre saris y calles repletas de moribundos y niños sin apenas presente ni futuro, donde el Espíritu Santo volvió a iluminarle. “Comprendí que los niños siempre habían sido el hilo conductor de mi vida”.

De hecho, soñaba con tener una guardería y durante un tiempo viviendo en Madrid también fue voluntario con niños con Síndrome de Down.
“En Calcuta entendí que el Señor me pedía ayudar a llevar a los niños del aborto a la Virgen, y que Ella se encargara de llevarlos a Jesús. Sabía dónde quería llegar, pero no sabía cómo”, explica tras relatar que este episodio fue crucial para unirse a los Misioneros de la Caridad en Kenia (África).
Fernando entró en la congregación haciendo un “pequeño acuerdo con Dios”: “Le dije al Señor que le daba mi vida y a cambio le pedí que me llevara a darla por los niños. Ese fue el acuerdo al que llegamos”. Y Dios pareció aceptar el trato.

Entre los vertederos de los slums (barrios marginales), donde ayudaban a las mujeres embarazadas y a los niños a seguir adelante, Fernando encontró a una persona especial que respondía al nombre de María, una niña con parálisis cerebral que presentaba un problema de malnutrición severa.
“Ella fue el instrumento que usó el Señor para revolucionarlo todo, supe que era ella la ‘estrella de Belén’. Estaba dispuesto a dejar mi formación y dedicarme a cuidar a María, aunque fuera lo único que tuviera que hacer el resto de mi vida”, asegura.
El nacimiento de Mary’s Children
Aquel providencial encuentro fue la semilla de lo que con el tiempo se convirtió en Mary’s Children Mission, una misión para ayudar a las mujeres embarazadas o con hijos menores a su cargo, especialmente las que se encuentran en situación de marginación, pobreza e inseguridad. “Fue fundado por la Virgen María y gracias a esta niña llamada María”, agrega Fernando.

El proyecto se consolidó por medio de Los Hijos de María, una asociación registrada en España para canalizar la ayuda material y económica para apoyar la misión en África.
Pero aún faltaban muchas piezas del rompecabezas: “Ahora que la misión estaba dedicada a los niños, sentí que lo mejor era ir a la fuente de la vida y al lugar donde nació el bebé más importante. Tenía que ir a Belén en busca de respuestas a la misión que el Señor me ha encomendado, y qué mejor que ir a la fuente de la vida para entenderlo”.

“De la cruz, a la vida”
Hace cinco meses, Fernando inició su peregrinación a Belén desde Santo Toribio de Liébana, enclave del norte de España donde se conserva el mayor lignum crucis, reliquia de la Verdadera Cruz. “Entendí que el Señor me mostraba que no había vida sin Cruz. Me quería llevar primero a la cruz para después ir a la vida”, manifiesta.
Describe que el camino, de más de 5.000 kilómetros, ha sido hasta ahora “una constante demostración que el Señor está ahí y de que esta peregrinación es suya”.

“También está siendo una prueba de fe”, afirma Fernando antes de confesar que lo que más le cuesta es “ir andando hacia un sitio sin saber lo que me espera y sin tenerlo controlado”.
Al dejar atrás la Ciudad Eterna se dirigirá al hogar de San Francisco de Asís, para continuar rumbo a Eslovenia, Croacia, Medjugorje (Bosnia y Herzegovina), Albania (la patria natal de Santa Teresa de Calcuta), Bulgaria, Turquía, Siria (para cumplir su “sueño como periodista”), Jordania e Israel, hasta llegar a Belén de Judá, donde nació Jesucristo.

“Si el Señor me pide quedarme en Belén, voy muy abierto a ello. Sólo el Señor sabe qué pasará”, asegura Fernando.