VATICANO,
En su mensaje para la 97° Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado que se celebrará el 16 de enero de 2011, titulado "Una sola familia humana", el Papa Benedicto XVI señala que todas las personas en el mundo tienen el derecho a emigrar y a disfrutar de los bienes de la tierra, respetando los ordenamientos legales y promoviendo la dimensión religiosa de la vida, que es la más importante.
En el texto con fecha 27 de septiembre y dado a conocer hoy en conferencia de prensa en el Vaticano, el Santo Padre explica que esta Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado brinda un espacio para que la Iglesia reflexione sobre este tema cada vez más común en la sociedad actual globalizada, que permita además una convivencia fraterna y pacífica entre los diversos pueblos que recorren "un mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas".
Benedicto XVI constata en su mensaje que muchos pasan por la emigración, voluntaria o forzada. "Al respecto, la Iglesia no cesa de recordar que el sentido profundo de este proceso histórico y su criterio ético fundamental vienen dados precisamente por la unidad de la familia humana y su desarrollo en el bien. Por tanto, todos, tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir", explica el Santo Padre.
Al hablar sobre la necesaria fraternidad de los pueblos, el Papa señala que esta es la "experiencia, a veces sorprendente, de una relación que une, de un vínculo profundo con el otro, diferente de mí, basado en el simple hecho de ser hombres. Asumida y vivida responsablemente, alimenta una vida de comunión y de compartir con todos, de modo especial con los emigrantes; sostiene la entrega de sí mismo a los demás, a su bien, al bien de todos, en la comunidad política local, nacional y mundial".
El Papa Benedicto XVI recuerda luego las palabras del querido Juan Pablo II quien en el año 2001 indicaba que en el contexto del bien universal de todos los hombres "se debe considerar el derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble aspecto de la posibilidad de salir del propio país y la posibilidad de entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida".
En este contexto, prosigue Benedicto XVI, "los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. Los inmigrantes, además, tienen el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional. ‘Se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegado’".