Misionero de la Misericordia: Muchos lloran al darse cuenta de que Dios siempre perdona

El P. Omar Osiris está convencido de que la misericordia de Dios puede transformar las vidas El P. Omar Osiris está convencido de que la misericordia de Dios puede transformar las vidas/ Crédito: Daniel Ibaéz/ EWTN News

La creación de los Misioneros de la Misericordia por el Papa Francisco en 2016 no fue una ocurrencia puntual. Su labor de hacer accesible y concreto el perdón infinito de Dios continúa y su número ha seguido creciendo poco a poco en todo el mundo, hasta situarse hoy en más de 1.258 sacerdotes especialistas en llevar hasta los corazones más rudos la ternura de Cristo.

El P. Omar Osiris es uno de ellos. Fue instituido como Misionero de la Misericordia en 2018 y trabajó en el Dicasterio para la Evangelización del Vaticano coordinando actividades para otros misioneros en todo el mundo. Hoy, su misión se desarrolla directamente en México, donde se ha convertido en un instrumento de reconciliación para sacerdotes y laicos.

“Nuestro servicio está enfocado en perdonar los pecados reservados al Santo Padre”, explica a ACI Prensa el presbítero.

En efecto, estos misioneros tienen la facultad de perdonar ciertos pecados graves que, normalmente, están reservados sólo a la Santa Sede. 

Entre estos se incluyen: ordenación no autorizada de un obispo (tanto el que ordena como el que es ordenado); profanación de la Eucaristía (sacrilegio contra el pan y el vino consagrados); violación del secreto de confesión por parte de un confesor; apostasía, herejía o cisma (rechazo o abandono de la fe católica) o conspiración o violencia contra el Papa.

Antes del 2016, para que un sacerdote pudiera ser absuelto de estos pecados graves, debía iniciar un trámite con la Penitenciaría Apostólica, lo que podía tardar meses y comprometía su confidencialidad. 

“Era un proceso largo y ahora, a través de este servicio, el sacerdote accede al perdón de Dios en el fuero interno. El único que se entera pues es el confesor y punto”, asegura.

Los sacerdotes que asumen este ministerio reciben una formación específica que incluye el estudio del Código de Derecho Canónico, libros sobre el Sacramento de la Reconciliación y la Misericordia de Dios. 

“El Papa es consciente de que muchos sacerdotes no viven su ministerio adecuadamente y antes de poder ser instrumentos de la misericordia, ellos mismos deben experimentarla”, señala el P. Osiris, que participa en Roma junto a otros 500 sacerdotes en los eventos del Jubileo de la Misericordia.

En estos siete años de servicio como Misionero de la Misericordia ha presenciado innumerables momentos de reconciliación.

“Muchas veces he confesado en los retiros para sacerdotes, ya sea en Cuaresma o Adviento. He visto cómo se acercan reconociendo su fragilidad y, al recibir la absolución, experimentan un profundo consuelo. Muchos incluso lloran, derraman lágrimas al darse cuenta de que, a pesar de sus fallas, Dios siempre está dispuesto a perdonar”, relata. 

La Misericordia en un país como México, atravesado por la violencia

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México atraviesa una crisis de violencia sin precedentes, con miles de desaparecidos y familias desgarradas por la delincuencia de las organizaciones criminales. “Hay más de 10.000 desaparecidos. No hay familia mexicana que pueda vivir de espaldas a esto”, indica, tras constatar que, en este contexto, la labor de los Misioneros de la Misericordia como portadores de la reconciliación social se vuelve aún más relevante.

“Los que se acercan al sacramento de la reconciliación son quienes han vivido la violencia”, explica el P. Omar. “No tanto los que la han cometido, sino las víctimas que cargan con el rencor, el resentimiento y el odio hacia sus agresores. Muchas personas buscan el sacramento porque no quieren seguir viviendo con esos sentimientos y anhelan la liberación que Dios da”.

Sin embargo, el sacerdote reconoce que hay un gran reto: los victimarios rara vez buscan el perdón. Por ello, cree que la Iglesia Católica debe encontrar nuevas formas de acercarse a ellos.

“Nos está haciendo falta descubrir otros canales para que estas personas reciban el mensaje del amor y del perdón de Dios. Algunos sacerdotes han comenzado a distribuir folletos en estaciones de autobús o metro, invitando a la reconciliación. Esperamos que alguno de estos mensajes toque sus corazones y los ayude a reflexionar”.

La Confesión en la Basílica de Guadalupe y en los Hospitales

En la Ciudad de México, donde hay sólo dos Misioneros de la Misericordia, la confesión es una labor de entrega incansable. La Basílica de Guadalupe es uno de los principales centros de reconciliación, donde los sacerdotes en las jornadas dedicadas al sacramento de la Reconciliación pueden llegar a pasar 12 horas continuas confesando.

Además, los hospitales se han convertido en otro espacio clave para la misericordia. “Muchas personas albergan en su corazón resentimientos que han cargado por años y ante la certeza de que van a morir pronto solo quieren liberarse. Me ha tocado confesar a personas que llevaban 20, 30 o hasta 40 años sin recibir el sacramento. En algunos casos, después de recibir la absolución, fallecen a los pocos minutos. Ahí es cuando uno se da cuenta de lo mucho que necesitaban experimentar la misericordia de Dios para poder irse en paz”, asegura.

Uno de los principales retos para los Misioneros de la Misericordia en México es llevar este ministerio a las cárceles.

“El Papa ha insistido en que debemos hacer llegar este servicio a los presos, pero el acceso a las cárceles no es fácil”, lamenta el sacerdote que explica que para acceder a los centros penitenciarios hay que pasar por un proceso burocrático complejo, donde el gobierno prácticamente investiga a los sacerdotes antes de permitirles entrar.

El P. Omar Osiris está convencido de que la misericordia de Dios puede transformar las vidas. 

En todo caso, asegura que la principal cualidad de un Misionero de la Misericordia es la disponibilidad a escuchar. “Todos los sacerdotes hemos recibido formación teológica, pero lo que se necesita es la disposición para estar siempre atentos a escuchar al otro y ser testigos del amor infinito de Dios”, concluye.




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