La postura más compatible con el Magisterio eclesiástico sería la de una tecnofilia crítica en la que se puedan incorporar aquellas intervenciones de la ciencia y la tecnología que permitan y fortalezcan una vida humana desarrollada en medidas crecientes, e incluso ampliada en aspectos a los que nuestra especie no llegue evolutivamente, sin que ello suponga suprimir a la persona humana, particularmente en un estadio embrionario o de dependencia, ni tampoco subordinarla a un determinismo tecnológico.
ACI Prensa: ¿Qué debemos temer de la propuesta transhumanista más extendida, que parece una enmienda al misterio de la Creación?
P. Mejía: El transhumanismo mayoritario es, como he señalado, una peligrosa estafa. Digo que es peligrosa porque no depende solo de una vaga promesa, sino que propone que, mientras advenga el transhumano o el posthumano definitivo, se puede y se debe intervenir tecnológicamente en el ser humano traspasando las barreras genéticas y personales.
Según ellos, nada puede ser más normativo, o estar por encima, que la misma experimentación tecnocientífica. Así se nos promete ser más que humanos en un futuro incierto y, de mientras, se nos invita a hacer cualquier cosa con nuestro cuerpo en un experimentalismo sin límites.
En mi obra afirmo que este transhumanismo deforma al hombre (el hombre hace experimentos en función de una deliberación que concierne a la moral, aunque no lo sepa) y deforma la técnica ya que la única forma de ejercer esta capacidad es contraponiéndola al propio hombre.
Llamo a esto una deformación, la “molokiana”, en referencia al demonio Molok, que pedía que se le inmolase la vida humana más pura para ofrecer en un futuro unas mejores prerrogativas.
Pero la técnica se encuentra ya en el plan de la Creación justo en el momento en que Dios pide a Adán y Eva, según la bella narración del Génesis, cuidar y servir el jardín del Edén sin dañarlo, ni dañar a sus cuidadores. Cuidar es clave en la creación del hombre técnico pues la técnica está llamada a ser una aliada en pro del bien integral del hombre en relación con sus congéneres y la Tierra.
ACI Prensa: ¿Existe una relación entre el impulso de ese transhumanismo y la secularización de Occidente?
P. Mejía: Esto mismo es lo que defiendo en un capítulo de mi libro. El transhumanismo mayoritario es una consecuencia de la secularización, si bien en algunos miembros de este movimiento este se presenta con claros visos de religión laicista.
Se trata a mi entender de una propuesta ultrasecularista en el plano de las tecnociencias, que nace directamente del humanismo excluyente más desatado de la Modernidad: un humanismo que excluye a Dios, al prójimo y el cuidado de la casa común.
En mi obra critico el peor de los modernismos del que brota este movimiento, así como entender al humanismo sólo como el que defiende al hombre déspota. Por eso me gusta mucho el neologismo “transhumanismo”, de modo que el prefijo “trans” lo entiendo, no como dejando atrás nuestra esencia (esto es imposible metafísicamente), sino venciendo este sesgo modernista y exclusivista de una errónea comprensión del individuo autodivinizante y que puede hacer lo que le plazca cueste lo que cueste.
Pienso, como filósofo de la ciencia y de la tecnología, como sacerdote, que se debe hacer una crítica audaz del ultrasecularismo del que muchos transhumanistas beben para pretender mejorar al hombre dando la espalda a Dios, en ese neognosticismo y neopelagianismo que enarbolan sin saberlo bien.
El transhumanismo integral, por el contrario, no puede taponar el deseo abismal del Sapiens, su religiosidad específica, con los remiendos tecnocientíficos que siempre son revisables y perfectibles. Mejorar al hombre es una empresa más amplia y más grande.
Dona a ACI Prensa
Si decides ayudarnos, ten la certeza que te lo agradeceremos de corazón.
Donar